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Luis Miguel Rionda
Publicado en: Revista Mexicana de Cultura, suplemento dominical de El Nacional, el 11 de diciembre de 1988. Epoca IX, Tomo V, Nº 373. Pp. 6-7.

[editar] La Barra de Oro

-¡Apúrate muchacha de porra, que ya mero te dejamos pa que te muerda las corvas el coyote!

-¡Pos espéreme mamá! ¡Es que este guarache ya me volvió a sangrar la pata!

Mi madre y mi abuelita, mamá Pachita, que dios la tenga en su gloria, no faltaban nunca los domingos a hacer plaza a Guanajuato. Ese día que aquí le estoy platicando íbamos más que apresuradas. Nos pasó lo que nunca: se nos hizo tardísimo y la aclarazón del día nos sorprendió cuando apenas cruzábamos el potrero de arriba del Monte de San Nicolás. Los dos burros que arriaba mi mamá iban bien tendidos, gracias a que, por las apresuradas, sólo habíamos podido cargarlos con un tercio de leña a cada uno. Mamá Pachita iba que corría y a veces dejaba atrás a mi mamá con un buen tramo, dale que dale con el membrillo sobre l”anca del pobre Florentino, nuestro burro más joven. Yo tenía entonces ocho años y me desesperaba de quedarme tan atrás, pero es que mi guarache no dejaba de refregarme uno de los pies, hasta sacarme la sangre.

No tardamos en llegar a Guanajuato, aunque tarde ya. Mis mamás llevaban el miedo de no poder vender pronto la carga de leña y encontrar ya muy escogida la verdura en el mercado. Además, mi papá venía de llegar del norte y les había dado a las dos unos muy buenos centavos pa que se ajuarearan, pa que se compraran dos vestidos rete bonitos que ya tenían bien localizados ancá el chante. Imagínese usté el coraje de las dos al sentir que no les iba a rendir el día pa vender su carga, hacer el mandado, comprar los vestidos -¡uh! y bien que tardaban las dos escogiendo vestidos- y luego regresar temprano pa que no nos agarrara la noche en el camino de regreso. Y cómo no, si del rancho pacá hacíamos como dos horas de ida y otras tantas de vuelta... y es que entonces no había carretera, ni tampoco “corrida”, camión pues.

Gracias a dios, tuvimos harta suerte: un señor de abajito de Mellado nos atajó y pa pronto nos mercó la carga. Pos como no, si bien que lo conocía mi mamá; ella me dijo aluego que ese señor era de los alfareros más ricotes de Guanajuato, y siempre le faltaba leña, pero como él tenía apalabrado de siempre hacer negocio con un compadre del rancho de Mesa Cuata, nunca compraba leña de otro lado. Pero pa su mala suerte ese día su compadre, faltando a una manda en la que ya llevaba seis meses, se emborrachó hasta perder la conciencia.

¡Qué felices nos pusimos! Ora sí que corríamos rumbo al mercado. Pa pronto que llegamos y más pronto que compramos el mandado. Como no batallamos en vender la leña, llegamos muy a tiempo con nuestros marchantes de San Fernando.

Mi mamá guardaba en el seno el paliacate donde juntaba los billetes y las monedas. Cada vez que pagaba algo, sacaba con mucho cuidado el pañuelito y con más cuidado todavía contaba y volvía a contar los quintos: sesenta centavos de chile seco, dos pesos de café, un tostón de piloncillo. Entre las tres hacíamos las cuentas con los dedos; ninguna de ellas había asistido a la escuela y yo apenas llevaba unos cuantos días de ir.

En esas andábamos cuando, yo creo que por lo felices que nos sentíamos pensando que ya mero íbamos a comprar los vestidos, un señor notó de seguro notó que andábamos con algo de dinero. Lo supimos porque nos rondaba y nos rondaba. Siempre nos lo encontrábamos cerca de los puestos por donde hacíamos nuestro mandado. Al principio no nos importó mucho, pero aluego de cuatro o cinco veces de topetearnos con él mi mamá comenzó a desconfiar.

-Ora sí mamá Pachita, que ese viejo nos va a querer robar.

-Pero Matilde, ¿cómo puedes estar tan segura? A lo mejor es pura casualidad que lo divisemos por todas partes.

-¡Pero cómo no, mamá! Si hasta cara de matón tiene. A lo mejor nos va a esperar e cualquier rincón y va a querer aporrearnos pa sacarnos los centavos... Yo creo que mejor vamos con el gendarme antes de que pase otra cosa...

En esas andaban mis mamás cuando el señor del que corríamos se nos acercó sin que nosotras nos diéramos cuenta.

-¡Buenos días les dé dios, señoras! -dijo el matón.

-¡Jesús! -gritó mi madre.

-¡Cristo del huerto! -chilló mamá Pachita.

-¡Ay dios! -brinqué yo.

Luego de que nuestro corazón regresó al lugar donde debe estar, pudimos comenzar a escuchar algo de lo que el criminal que nos abordó ya tenía buen ratote diciéndonos.

-...y yo, respetuosamente, me atreví a dirigirles la palabra en la convicción de estar haciéndolo a finas personas con juicio y raciocinio a toda prueba. Y no digo más, sino rogarles que continúen prestándome su valiosa atención. Yo, dignísimas señoras, soy Sebastián Robles, el más famoso de los barreteros de esta ciudad. Pero sin duda alguna que ya han escuchado hablar de mí, ¿no es así, queridas señoras? -y sonrió, levantando los pelos del bigote que predominaba en la cara prieta.

-... pos... pos... -tartamudeó mi madre.

-... este... este... -dijo mamá Pachita.

Yo nomás miraba.

-Pero sin duda alguna que han escuchado hablar de mí. Yo conozco a más de la mitad de los habitantes de la sierra. Casi todos ellos han trabajado para alguna de las minas de por acá: Cebada, el Monte, Sirena, San Vicente... Pero qué les estoy diciendo, si ustedes mejor que nadie saben dónde trabajan sus maridos y hermanos. Más de algún pariente suyo ha de haber abandonado la existencia sepultado entre las rocas de algún derrumbe. Y todavía más han de escupir sangre de los pulmones, como un recuerdo de su labor en las entrañas de la tierra... -y torció su cabezota casi rapada.

-... pos... pos...

-... este... este...

-¡Claro que sí! Y lo les aseguro que alguno de ellos les han narrado a ustedes las riquezas que estos cerros ocultan de la avaricia humana. Muchos hombres han perdido su existencia en pos de apoderarse de un jirón de esa riqueza. Pero pocos, muy, muy pocos llegan a ver coronado ese deseo. Queridas señoras, los mineros somos como el perro del carnicero: siempre cerca del retazo, pero sin nunca poderlo comer. Pero no se entristezcan, a veces la suerte nos sonríe, o más bien nos vemos obligados a forzar a la suerte a sonreírnos. Yo, queridas señoras -dijo misterioso-, soy un lupio... un buscón...

-Un... un ¿qué?... -se me salió decir.

-Un buscador independiente -dijo acariciando las brillosas y gastadas solapas de su saco-, un minero que se ha decidido a forzar la fortuna a su favor. Me he revelado en contra de la suerte que mi destino me deparó al nacer de padre y abuelo minero. Yo señoras, como seguramente ya lo habrán notado, tengo aspiraciones superiores: yo he de convertirme en un famoso poeta, en un reconocido escritor. Pero para ser poeta debo hacer votos de pobreza, vivir modestamente y al límite de mis posibilidades. Es por ello que me atreví a dirigirles la palabra. Yo conozco de primera vista a las personas con necesidad de mejorar sus condiciones de vida. Y yo, señoras, he decidido acercármeles a hacerles una oferta que no pueden rechazar.

-¿A hacernos qué...? -se atrevió mi madre.

-Una oferta, mi querida señora. Mire usted, yo vengo de encontrar una pequeña fortuna en una galería de la mina de San Esteban. Nunca antes me había pasado tal cosa. Me encontré, queridas señoras, lo que para mucha gente pudiera significar la solución de sus problemas...

-Pero, ¿que cosa fue? -dijo mamá Pachita, vencida por su curiosidad.

-... Uh... hem... Escuchen ustedes, yo prefiero que salgamos de este lugar, que es demasiado concurrido. Les invito a acompañarme aquí afuerita. Ahí les mostraré ese pequeño tesoro.

No nos insistió más que un par de veces. La verba de ese hombre, tan panzón como estirado, nos había convencido de sus buenas intenciones. Pero también debo decir que la curiosidad de las tres -mal de familia- fue lo que de verdad nos hizo seguir al catrín ese, que nos tenía embobadas con su historia. Llegando a un rincón alejado de la plaza, no siguió diciendo:

-Miren ustedes, antes de descubrirles mi tesoro, deben prometer no decirle nada a nadie. No quiero que, para mi desgracia, se sepa que yo ando extrayendo indebidamente las riquezas de nuestro subsuelo. Yo hago esto nada más porque luego luego se ve que son ustedes personas confiables, que sabrán agradecer como dios manda un favor de la providencia.

-Sí, sí, pero enséñenos eso que dice que trai usté... -le urgió mi abuela, haciendo gala de la curiosidad familiar.

-Pos sí, ya nos tiene mareadas con tanto güiri güiri -se me salió decir.

-¡Cállate, muchacha malcriada! ¿No ves que el señor tiene algo muy serio que decir? ¡Ya verás con tu papá!

-Sí señoras, les muestro ahora el exquisito motivo para el que las distraje de sus labores mercantiles... Observen... Observen...

Y sacó un paliacate de su bolsillo -como el de mi mamá, pero percudido y mugriento de tantas sonadas-, lo desamarró con muchísimo cuidado, y cuando terminó nos dejó ver lo que llevaba adentro...

-Vean, queridas señoras, y asómbrense...

-...¡Oooh! -dijo mamá Pachita.

-...¡Híjole! -dijo mi madre.

-...Pero ...pero ¿qué cosa es? -dije yo, como siempre la imprudente.

-¡Aaah! niña inteligente -me dijo el catrín, pelando los dientes sarrosos-. Pues esto que tanto brilla y que tanto te deslumbra los ojos es nada más y nada menos que... ¡una barra de oro!

-Una barra... -dijo mamá Pachita.

-...¡De oro! -casi grita mi madre.

-¿A poco? -dijo ya saben quién.

-¡Pero claro, niña lista! Es de oro puro. ¿O es que acaso no posee ninguna de ustedes alguna pertenencia hecha de tan exquisito metal...?

-Ah, pos yo seré humilde -aseguró presumiendo mamá Pachita-, pero mi mamá me heredó dos arracadas de oro del más puritito. No me las pongo del puro miedo de que me arranquen las orejas los rateros, pero yo bien que conozco el oro.

-Pues mi viejo trajo el otro día varios dólares de oro puro. Me dijo que cada uno de esos vale cientos de pesos. ¡Imagínese si no conozco el oro!

-¿Cuáles dólares de oro mamá? Yo nomás le he visto billetes.

-¡Cállate, escuincla sonsa!

-Mis queridas señoras, cuánto me alegra tener que ver con gentes entendidas. Con su experiencia en el asunto no me dejarán mentir sobre lo que les estoy diciendo. Examinen cuidadosamente este precioso objeto y determinen en forma honesta si se trata o no del metal más codiciado del mundo.

-¡Claro que es oro! -aseguró mi abuelita.

-Pos como no: ¡mira cómo brilla! -dijo mi madre, la entendida.

-Señoras mías, ahora que estamos de acuerdo permítanme exponerles el resto de mi tratada. Como les decía antes, yo aspiro a una vida superior, alejada de los valores materiales que degradan el espíritu. La poesía no deja lugar a la ambición terrenal, por lo que he decidido malbaratar mi casual riqueza, pero no sin antes cuidar se beneficiar a gentes honradas que necesiten de verdad de tal beneficio. Escuchen ustedes: esta magnífica barra de oro pasará a su posesión si me aportan lo suficiente para sobrevivir decentemente lo que resta del mes... Pero para esto... ¿qué cantidad porta usted, estimada señora, en su seno?

-¿Cantidad?... este... pos... -dudó mi madre.

-¡Que cuánto trais, Matilde! -se desesperó mamá Pachita.

-Mamá, mamá, ¡acuérdate del vestido! ¡acuérdate del mandado!

-¡Cállate escuincla!, déjame pensar.

-No lo dude más señora mía, ni con todos los dólares que llegara a ganar su marido podría pagarme un favor como éste. Decídase pronto, porque yo debo retirarme, y si no es usted, pronto encontraré cliente más avispado que no se niegue a la fortuna. ¡Cale usted el peso de esta barra de oro y dígame si no es una locura negarse a ser su dueña!

-Bueno... pero... yo no se... luego, ¿qué dirá el Epifanio, si sabe que me gasté lo del mandado y lo de los vestidos?

-Dirá que eres muy viva, hijita mía, ¿qué no ves que el señor tiene cara de buen cristiano?

Y el catrín acercó la barra deslumbrándole a los ojos a mi mamá. Esto fue lo que desbarató sus miedos. Ella ya no lo pensó más, se sacó del seno su paliacate y sin más se lo dio al hombre ese. Este pa pronto que estiró la manota, cogiendo el saquito, y con la otra le hizo llegar la barra de oro a mi madre, pero eso sí, sin paliacate.

-Señora afortunada, no se arrepentirá jamás. Pero oiga usted un consejo: no venda la barra de oro así como se la di. Mándela fundir con una persona de su confianza, no vaya a ser de que se descubra su origen deshonesto. ¡Ah! y deje pasar algo de tiempo, se lo ruego, no vaya a ser la de malas de que alguien pueda relacionarnos. Recuerden que medio mundo nos vio hablar.

La barra de oro hizo que los ojos de mis mamás brillaran más que ni ella misma. Pa pronto que fuimos a recoger los burros, que nos miraron extrañados de vernos regresar tan pronto. El regreso pal rancho fue de lo más alegre; la subidota no nos pesó ni tantito. Ya mero nos salían alas de lo contentas y lo urgidas que estábamos de llegar a la casa y mostrarle a mi papá y a mi abuelito la barra que nos sacaría de la necesidad. Ora sí que mi papá no tenía porqué irse contratado al norte; ora sí que mi abuelito no tenía porqué sobarse el lomo detrás del tronco de mulas. A lo mejor y hasta nos comprábamos diez docenas de vestidos más finos que los de don Juan, el del mercado.

-¡Papá, papá! ¡Ya llegamos! -gritó mi madre desde el cerro del Capulín- ¡Y mira nomás lo que dios nuestro señor nos mandó con uno de sus ángeles! ¡Pifanio! ¡Pifanio! ¡Ven a ver nomás!

-Eso, hija mía, eso. Demos gracias al cielo -decía mamá Pachita, corre y corre y casi a punto de llorar.

Mi padre salió a encontrarnos, todo extrañado. El y mi abuelito habían sido mineros durante muchos años, sobre todo mi abuelito, quien todavía carraspeaba del polvo de la mina.

-¡Mira nomás, Pifanio, mira nomás! -decía mi madre, tratando de sacarse del seno la barra, que se había atorado.

-¿Qué cosa, Matilde, qué cosa?

-Mira nomás... mira nomás... -y no lograba sacar la barra.

Mi abuelito se acercó, atraído por tanto alboroto de las tres viejas, mi papá y los tres perros que teníamos (creo que hasta los burros rebuznaban).

-¿Quihúbo? ¿Qué tráin?

-Mira lo que traemos, Jilemón, mira nomás -le decía mamá Pachita, su esposa.

-Pos ¿qué cosa pues, hombre?

Mi madre logró, toda sudada, sacarse la barra de entre los pechos, a los que se había pegado. Al sacarla, a las tres nos pareció que brillaba aún más bonito que en el mercado de San Fernando.

-¿Y eso...? -le dijo mi papá a mi mamá.

-¿Cómo que “y eso”? Pos ¿qué no ves?

-¿Qué veo?

-La barra... la barra de oro que acabamos de comprar en Guanajuato.

-¿Barra de oro? -preguntó, todo extrañado, mi abuelito.

-Sí, hombre -le contestó mamá Pachita-. Pos ¿qué no ves? Si luego luego se ve que es de puritito oro. ¡Mira nomás como brilla!

-¿Y la compraste Matilde? -preguntó mi padre.

-Sí, pero casi casi regalada.

-¿Cuánto?

-¿Cuánto qué?

-¿Cuánto te costó?

-Poquito...

-¿Cuánto?

-Pos... pos... creo que ochenta y tantos pesos...

-Pero si te di ochenta y cinco...

-Pos esos...

-¿Y todo lo diste por esta fregadera?

-Pos como no, si luego luego se ve que es de oro, y como es de oro vale muchísimas veces más de lo que me diste...

-¡Si serás...! ¡Si serás...!

Y mi padre levantó una mano como pa sonarle la cara a mi mamá... pero por suerte se arrepintió y sólo lanzó una maldición y se fue a encerrar al cuartito donde dormían. Nomás nos quedamos bien sorprendidas las tres, con mi abuelito que no dejaba de hacer la cabeza de un lado pal otro. Mi mamá no tardó en llorar como sólo ella sabe.

-¡Ay, hijas! ¡Ay, hijas! Pero ¿qué fueron a hacer? -comenzó a decirnos mi abuelito.

-Pos ¿dónde estuvo lo malo? -le preguntó mamá Pachita.

-No, pos lo malo estuvo en que se las hicieron bien guajes. Miren, eso que dicen que es una barra de oro no es más que un pedazo de pirita.

-¿De queee? -otra vez se me salió.

-También le dicen “oro del pen...”

Ya ni vale de pena relacionarles lo que aluego sucedió. Mi mamá no dejó de llorar en todo lo que quedaba del día, y mi abuelita nomás le daba vueltas y vueltas a la barra, a piense y piense en quién sabe qué cosas. Mi papá ni pa que les cuento, le dejó de hablar a mi mamá y eso duró casi una semana.

- o -

Cada vez que vengo de visita al rancho a casa de mis papás -mis abuelitos murieron hace poco-, nunca deja de llamarme la atención un adorno que mi mamá conserva sobre la consola, muy sacudido y acomodado sobre una carpeta: una barra de oro, que siempre formará parte de mis recuerdos. Pa nosotras siempre fue de oro y lo continuará siendo, porque creo que desde entonces se nos quitó un poquito lo atarantadas, por no decir lo que nos dijo mi abuelito...


Oro Real
Oro Real
Pirita Real
Pirita Real
Por si tienen dudas a continuación les pongo unos ejemplos de Pirita y Oro reales.
Hidalgo (Discusión | Contribuciones) 15:02 25 sep 2007 (CDT)

El presente es un cuento desde la página personal de Luis M. Rionda, el cuento se localiza aqui.